IntroducciónLa unidad que falta
y Hacker (2022) le enseñaron a la filosofía de las neurociencias a desconfiar de un error preciso: atribuir a una parte lo que sólo se predica del todo. El cerebro no ve, no decide ni cree; ve, decide y cree la persona. Llaman a esto la falacia mereológica, y su lección es que ciertas disputas no se resuelven con más datos, porque el problema está en el sujeto de la oración.
Este ensayo aplica esa lección a un solo problema: si una máquina de silicio podría ser consciente. Frente al , que responde que sí en principio, se ha consolidado una réplica atractiva —la conciencia pertenece a los seres vivos, y lo que hace vivo a un ser es que se produce a sí mismo; el silicio no se autoproduce, luego no siente—. La llamaré el argumento del sustrato.
Sostendré que comete un primo de esa falacia: discute de qué está hecho el sujeto sin haber fijado cuál es. Su criterio —la — no puede fijarlo, y no por vago, sino porque es nítido y señala la unidad equivocada: individúa células, no personas. La clínica ya separó esas dos variables: en el la auto-producción está completa y el sujeto no está. La propia tradición lo advirtió y se movió de la autopoiesis a la autonomía, sin notar que ese movimiento le retira el argumento que quería fundar. Cierro con un laboratorio: un experimento por cada lectura del seminario, y ninguno encontró diferencia de sustrato. De nada de esto se sigue que el silicio sienta; se sigue que la autopoiesis no es el instrumento que puede decidirlo.
§1El problema y su reconstrucción
La metáfora del cerebro como computadora tiene una historia y un precio que Daugman (2001) documentó: cada época piensa el cerebro con su tecnología dominante, y la metáfora acaba dictando la teoría. Su versión filosófica es la (, 1967; Fodor, 1974): los estados mentales son estados funcionales, definidos por su rol causal y no por su composición, y por tanto realizables en cualquier medio que sostenga las transiciones adecuadas. Su corolario polémico: el sustrato sería ontológicamente irrelevante.
Contra ese corolario convergen dos tradiciones. Searle (1980) sostiene, con la habitación china, que la sintaxis no basta para la semántica, y su naturalismo biológico (1992) afirma que la conciencia es un fenómeno biológico causado por procesos neurofisiológicos. La segunda viene de la biología teórica: y Varela definen lo vivo por la autopoiesis, un sistema que produce y regenera continuamente los componentes y la frontera que lo constituyen como unidad (Varela, Maturana y Uribe, 1974). (2007) extrae de ahí la continuidad vida-mente; Di Paolo (2005) la corrige desde dentro: la autopoiesis desnuda no basta para que algo le importe a un sistema —hace falta adaptividad, la regulación activa de la propia precariedad—.
Del lado neurocientífico la convergencia es real: la interocepción muestra hasta qué punto la experiencia se organiza alrededor de la regulación del estado corporal (Chen et al., 2021; Greenwood y Garfinkel, 2025). Seth (2025) la lleva a su conclusión filosófica: la conciencia sería «una propiedad únicamente de los sistemas vivos (aunque no necesariamente de todos)», y simular algo no es realizarlo —«nada se moja dentro de una computadora que predice el clima»—. Conviene ser exacto con el defensor más cuidadoso de esta posición: sus argumentos, dice, «no refutan» el funcionalismo computacional, «pero lo vuelven menos plausible y menos atractivo»; y rechaza «la afirmación de que sólo la vida basada en carbono puede ser consciente». Su eje es vivo/no-vivo, no carbono/silicio.
El argumento del sustrato, en forma canónica. La conciencia requiere un sujeto, un sistema que sea uno y para el cual sus estados tengan valencia; un sistema tiene valencia propia sólo si se produce a sí mismo y puede dejar de existir; ningún sistema de silicio digital se produce a sí mismo; luego ninguno es sujeto de conciencia.
Nótese lo que las dos primeras premisas le exigen a la autopoiesis: no sólo distinguir lo vivo de lo no vivo, sino individuar al portador de la experiencia. No dicen que los seres vivos tengan una propiedad interesante; dicen que el sujeto está donde está la auto-producción. Ahí, y no en la premisa sobre el silicio, se rompe.
§2La unidad equivocada
Preguntemos por la extensión de «sistema ». La unidad canónica es la célula: el caso que Varela, Maturana y Uribe (1974) modelan y el paradigma de la tradición entera. Y es objetiva: hay un hecho, independiente de nosotros, sobre si una red metabólica produce la membrana que la encierra. No acuso a la autopoiesis de vaguedad; fijada una granularidad, es decidible.
El problema es de aritmética. En mi cuerpo hay del orden de 1013 unidades autopoiéticas, y ninguna soy yo. Si el sujeto está donde está la auto-producción, hay diez billones de sujetos aquí y ninguno escribe este ensayo. El argumento que debía excluir al silicio termina multiplicando sujetos dentro del carbono.
De ahí tres consecuencias, cada una peor. Primera: el cerebro no es una unidad autopoiética. No produce sus componentes; los producen sus células, cada una por su cuenta. Es un sistema de segundo orden: una unidad compuesta de unidades autopoiéticas que no es ella misma autopoiética en sentido estricto. La teoría localiza al sujeto, entonces, donde la neurociencia que estos autores invocan no localiza los correlatos.
Segunda: el hígado es tan autopoiético como el cerebro. Ambos son agregados de células que se autoproducen. Si la auto-producción individuara al sujeto, nada diría por qué éste es el cerebro y no el hígado. Un criterio del sujeto que no distingue entre órganos no es todavía un criterio.
Tercera, y decisiva: para escapar hay que añadir algo —integración causal, clausura operacional— que seleccione una escala entre las anidadas. Pero eso añadido hace todo el trabajo, y es lo que el concede sin pestañear: la integración causal es una propiedad de la organización, no del material, y es la que ofrecen las teorías neurobiológicas de la conciencia (Mylopoulos, 2022). La auto-producción queda como un epiciclo: no explica ningún caso que la integración causal no explique ya, y sola no explica ninguno.
La neurociencia del curso enseña, además, dónde sí está el correlato, y no es donde está la auto-producción. , Fried y Koch (2013) hallaron neuronas que responden selectivamente a una persona, pero su lectura es y distribuida: cada concepto tendría «un conjunto de neuronas correspondientes asignadas a él», y asociar dos conceptos exige «crear unos pocos enlaces entre los grupos de células» que representan cada uno. Cada una de esas células se autoproduce igual que las demás; lo que varía —y lo que explica— es con quién está conectada. La auto-producción es constante en todo el cuerpo; el correlato no.
La reaparece invertida: el argumento del sustrato elige un criterio que sólo se satisface en las partes —las células— y pretende que decida sobre el todo. Y que la frontera del sujeto no sea un dato lo enseña el propio seminario: el de Webb (1996) delega el cómputo de la fonotaxis a un tubo de desfase, materia no viva y sin embargo cognitivamente constitutiva.
§3La clínica ya separó las variables
El argumento no necesita esperar una máquina consciente para ponerse a prueba: la neurología ya disoció en pacientes las dos variables que importan. (2007) describe el estado vegetativo como la disociación de los dos componentes de la conciencia: «la vigilia permanece intacta, pero la consciencia —que abarca todos los pensamientos y sentimientos— queda abolida». Estos pacientes conservan ciclos de sueño-vigilia, respiran sin asistencia y hacen movimientos espontáneos. La está completa: el organismo se automantiene, está vivo. Y el sujeto no está.
Laureys añade algo más incómodo: algunos «voluntarios sanos y plenamente conscientes tienen valores de metabolismo cerebral global comparables a los de algunos pacientes en estado vegetativo». Concluye: «medir los niveles globales de consumo de energía en el cerebro no puede indicar la presencia de consciencia». Lo que sí covaría con el sujeto es la «conectividad funcional dentro de esta red frontoparietal y con centros más profundos del cerebro, en particular el tálamo». En sus pacientes el estímulo llegaba a la corteza somatosensorial primaria y allí moría: la región activa «estaba aislada y desconectada del resto del cerebro».
El tejido está vivo, se autoproduce y responde. Lo que falta es integración. Laureys documenta conciencia encubierta detectada por neuroimagen y diagnóstico errado en más de un tercio de los casos; la cautela obliga a hablar de la categoría clínica, y la inferencia es mía —Laureys no discute autopoiesis ni silicio—. Pero basta: la clínica mantiene constante la auto-producción y mueve al sujeto. El factor diferencial no es la auto-producción —es organizacional—.
§4La tradición ya lo sabía
Esto no es un descubrimiento mío: es la razón por la que abandonó el marco estrecho. En Principles of Biological Autonomy (1979) generaliza la autopoiesis hasta la noción más amplia de autonomía, articulada por la clausura operacional, porque la autopoiesis en sentido estricto es celular y no llega ni al organismo ni al sistema nervioso; la autonomía sí, pues ya no exige producción material de componentes, sino que los procesos formen una red que se sostiene recíprocamente.
Y ahí está el filo. La clausura operacional es una propiedad organizacional: se define por cómo se encadenan los procesos, no por de qué están hechos. Pero una propiedad definida por la forma de la red es, por definición, el tipo de cosa realizable en más de un medio. El camino que el recorrió para poder individuar al sujeto es el mismo que le quita el argumento contra el silicio. O se queda en la autopoiesis estricta —objetiva, material, de extensión celular, que no individúa al sujeto—, o asciende a la autonomía —que lo individúa, y es organizacional, y no excluye en principio ningún sustrato—. No hay tercera posición donde tenga a la vez las dos cosas que necesita.
Añádase la advertencia que la teoría se hace a sí misma. Beer (2004), analizando un glider del juego de la vida como sistema autopoiético —homenaje explícito a Varela, no refutación—, se detiene en las preguntas previas: si los estados de las celdas «merecen realmente llamarse componentes», si el glider «posee realmente una frontera que lo genera y lo constriñe». Observa que la continuidad de su identidad «depende crucialmente de cómo elegimos definir» su organización, y que «estrictamente hablando, ningún sistema es autopoiético si se lo observa durante un intervalo suficientemente largo». Su conclusión —que la caracterización formal de la organización sigue abierta— es la mía: el criterio es nítido en el caso paradigmático y se vuelve indeterminado justo en los disputados, los únicos donde el argumento lo necesita.
§5Lo que construí, y lo que obtuve en su lugar
Construí un experimento por cada lectura del seminario: la de Zeki (1992), las de Quian Quiroga, la neuroquímica de (1994), la plasticidad de Hinton (1992), el grillo de . Ninguno encontró la diferencia de sustrato que yo buscaba. Los que sobrevivieron a mi auditoría me devolvieron la constante que había escrito antes de correrlos; otros ni siquiera llegaron a eso.
Mi única medición genuina fue un benchmark de diecinueve configuraciones, y es la que más me enseñó, porque empecé buscando en ella la prueba de que el silicio es energéticamente inviable. La brecha de eficiencia entre carbono y silicio recorre, en mis propios datos, de 2,9×10³ a 4,1×10⁵ —se mueve 143 veces— y no monotónicamente: el mínimo no está en ningún extremo, sino en medio, y repartir el mismo cómputo entre dos tarjetas la empeora. Un número que cambia dos órdenes de magnitud según cómo distribuyo el trabajo no mide una propiedad del silicio: mide mi ingeniería. ya lo había dicho desde la clínica, y con pacientes: el consumo de energía no indica la presencia de consciencia. Mi intuición no era falsa; estaba mal dirigida. Medía con cuidado la magnitud equivocada.
Nada de esto prueba mi tesis, y conviene decirlo antes de que lo diga otro: un modelo mal construido siempre devuelve su estipulación, y eso es un hecho sobre mí, no sobre el mundo. Un refutador de lo que sostengo sería una medida de la firma invariante ante el corte: que diera igual contando o no la fuente de alimentación. Eso intenté construir —un de acoplamiento entre cómputo y automantenimiento—, y la auditoría mostró que fallaba por aritmética: el parámetro lesionado no aparece siquiera en la ecuación. El argumento lo llevan las secciones anteriores, no mi código. Pero sé qué obtuve en su lugar, cada vez: el corte.

Con la máquina intacta y la misma perturbación, contar la fuente de alimentación como parte del sistema en vez de como un exterior inagotable lleva κ de 0,00 a 0,70. No cambió el sustrato: cambió dónde tracé la línea. Lo que queda, y no en el lugar donde lo buscaba, es que la diferencia real es automantenimiento delegado contra constitutivo: ahí sí importa la energía, no por cuánta se gasta, sino por quién responde de ella.
§6La objeción más fuerte, y los límites
La réplica seria es: «de acuerdo, la no individúa al sujeto; pero sigue siendo necesaria. El silicio no se autoproduce, luego le falta una condición sin la cual no hay conciencia». Concedo la premisa y niego la inferencia. ¿De qué es necesaria la autopoiesis? Si del sujeto, el sujeto tendría que ser una unidad autopoiética, y ninguno lo es: somos sistemas de segundo orden. Si de los componentes, es una tesis sobre el material, y hace falta un argumento que diga por qué ese material y no otro; argumento que la autopoiesis no puede dar: habla de células, no de sujetos. Una condición de fondo no es un criterio de exclusión: que todo lo consciente conocido sea vivo no implica que sólo lo vivo pueda serlo.
La réplica que sigue es que caricaturizo: y Di Paolo nunca dijeron que la célula sea el sujeto; hablan de autonomía del organismo. Concedo el hecho y niego que me perjudique: es mi argumento. En cuanto la tradición pasa a la autonomía para individuar al organismo, deja de tener un argumento material contra el silicio y pasa a tener una teoría organizacional de la unidad, compatible con la . No sostengo que se equivoquen sobre la vida; sostengo que su mejor teoría de la individuación no puede hacer el trabajo anti- que se le encarga.
Debo reconocer de quién es lo que sobrevive. La distinción entre identidad propia y prestada —la del artefacto, cuya identidad «le es acordada» por otro— es de Jonas (1968); y que el problema de la individualidad sea «el de justificar cuál separación elegimos entre el gran conjunto de distinciones posibles y arbitrarias» está dicho, con esas palabras, en Barandiaran, Di Paolo y Rohde (2009); y el segundo cuerno de mi dilema lo demostraron antes Villalobos y Dewhurst (2018), que muestran que una máquina de físicamente implementada satisface la clausura operacional y la determinación estructural del enactivismo clásico. No descubro la condición de individualidad, ni ese cuerno: mío es el primero —que la autopoiesis estricta individúa células— y la forma de tenaza.
No he mostrado que una máquina sienta, ni que la vida sea irrelevante para la mente: el argumento de Seth (2025) no depende de la premisa que ataco. Tampoco he explicado los ; mi argumento es neutral ante el , y la neutralidad es deliberada, porque vale sea el funcionalismo verdadero o falso. Lo mostrado es más modesto y más firme: una de las dos grandes objeciones al funcionalismo se apoya en una unidad que no tiene.
ConclusiónUn recorte a la espera de un argumento
El argumento del sustrato parecía fuerte porque parecía tener dos cosas: un criterio objetivo y material —la — y un sujeto al cual aplicarlo. Tiene sólo una a la vez. En sentido estricto, la autopoiesis es objetiva y señala células: diez billones de unidades en un cuerpo, ninguna de ellas yo, y un cerebro que no clasifica. En el sentido amplio al que la tradición se vio obligada a migrar —autonomía, clausura operacional—, individúa organismos, pero se ha vuelto una propiedad de la organización; y las propiedades de la organización no excluyen sustratos: son la tesis del adversario.
y Hacker enseñaron que atribuir a la parte lo que es del todo no es un desliz de estilo, sino un error que fabrica pseudoproblemas. El argumento del sustrato es un caso: discute de qué está hecho el sujeto antes de poder decir cuál es. Queda algo, y es lo que me llevo: la diferencia real no es carbono contra silicio, sino automantenimiento delegado contra constitutivo —la hay, y es genuina, entre un sistema cuyas condiciones de persistencia son internas a la unidad y uno que las tiene fuera, en técnicos y redes eléctricas cuya normatividad es previa y ajena—. Pero esa diferencia, como enseñó mi propio experimento, es relativa al corte; y decidir el corte es la tarea que el debate ha estado saltándose. Mientras la respuesta la ponga quien pregunta, «¿puede el silicio ser consciente?» no es todavía una pregunta: es un recorte a la espera de un argumento.
ReferenciasBibliografía
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